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ALMA MENTE CONCIENCIA

En estado de inconsciencia, no hay consciente, no hay consciencia, de ahí que, en algunos casos de pacientes que han presentado experiencias cercanas a la muerte (ECM), el electroencefalograma (EEG)…

se ha mantenido plano durante varios días, como el conocido caso del doctor Eben Alexander que, durante siete días presentó esta característica, en la evolución de una meningitis bacteriana por escherichia coli.
Para la ciencia, hoy, si un EEG es plano nos está diciendo que no hay actividad eléctrica y, por otra parte, en el caso anterior, la escherichia destruye la corteza cerebral o neocórtex.

No hay respuesta científica a que un adulto con esta afectación salga de ella indemne y sin secuelas y mucho menos que venga contando donde estuvo y con quien estuvo, durante esos siete días.
Son millones de casos, ya registrados, en los que personas que han estado en muerte clínica, al salir de esta situación, vienen contando este tipo de vivencias que, aunque diferentes, mantienen un denominador común, en distintos momentos, en las que son totalmente coincidentes.
La pregunta es, si durante la situación de muerte clínica no tienen consciencia de lo que está sucediendo, ¿cómo es posible que, una vez superada dicha situación, sean capaces de relatar experiencias que, como todos ellos afirman, son totalmente reales?, ¿de dónde se nutre su consciencia, antes ausente y ahora presente, para afirmar haber tenido ese tipo de experiencias, asegurando que no son alucinaciones, si no vivencias absolutamente reales?

Han sido dos los congresos en los que, hasta ahora, he compartido con mi admirado y reconocido amigo el doctor Pim Van Lommel, cardiólogo que, durante muchos años, viene investigando el fenómeno de las ECM. Durante el último congreso, que se celebró en el Hospital General de Elche, hablando sobre este tema, me decía que es posible que existiera lo que podríamos denominar “la Consciencia Excluida”, no contemplada por la ciencia, responsable de la captación de estas vivencias.
En el presente momento creo estar seguro de que, por encima de todo y de todos hay algo que nos contempla, unos le llaman Universo, otros Dios…, lo de menos es el nombre, lo importante es que está.

Yo le llamo Dios, y le doy las gracias por haberme permitido vivir una experiencia, que relato a continuación, en la que pude darme perfecta cuenta de que “la Conciencia nutre a la Consciencia”.
Era el lunes, diecisiete de julio del año dos mil diecisiete, como todos los días llegué al hospital y me instalé en mi puesto de trabajo, en el servicio de codificación, ubicado en el sótano.
Estaba sentado frente a mi mesa y todo transcurría de manera habitual cuando, de forma súbita e inesperada, sentí y experimenté como mi miembro superior izquierdo cayó de la mesa y quedó colgando, seguidamente noté una pérdida de fuerza en el miembro inferior izquierdo y, a continuación, noté como, por mi comisura labial izquierda, empezaba a caer saliva.
Pasé los dedos de mi mano derecha por dicha comisura comprobando que, efectivamente, estaba saliendo saliva y, en ese momento, experimenté una extraña sensación que me aportaba una gran tranquilidad y una percepción aumentada de control sobre lo que estaba sucediendo, llevándome, de forma rapidísima, a la aceptación de que me estaba dando una trombosis cerebral.

Estaba en un habitáculo, con siete personas más, las cuales estaban atentos a sus diferentes ordenadores con los que se lleva a cabo el trabajo de codificación y, ahí, yo era el único médico.
El control de la situación era tan intenso que, rápidamente, empecé a planificar mi salida de ese habitáculo para dirigirme a urgencia de forma que, ninguno de los presentes, se percatara de lo que me estaba pasando.
Lo primero que hice fue agarrar mi muñeca izquierda con mi mano derecha, colocando la mano izquierda, dentro del bolsillo de mi bata, para disimular la paresia del miembro superior izquierdo, seguidamente me dispuse a levantarme de mi asiento y al hacerlo sentí la enorme falta de fuerza que presentaba en mi miembro inferior izquierdo.

Una vez en pie, decidí guardar silencio, por temor a que se me notara la disartria que, daba por hecho, podría presentar en ese momento y, dando pasitos cortos, salí caminando junto a las cristaleras que había a mi derecha, dirigiendo mi mirada hacia el exterior para evitar así que, si alguien me miraba, pudiera ver la paresia facial izquierda que yo ya sentía que presentaba.
Una vez fuera del habitáculo del servicio, accedí al pasillo por el que tenía que dirigirme y, en llegando a su final, poder acceder a la planta baja donde está ubicado el servicio de urgencias, aquí pude comprobar como al alargar el paso mi pierna izquierda arrastraba, así que lo alargué hasta donde pude. No me crucé con nadie porque por el pasillo del sótano la circulación de personas es, prácticamente nula.

Llegado a la planta baja, encaré el pasillo central de urgencias que desemboca en unas anchas puertas de cristal por las que acceden todos aquellos enfermos que llegan en ambulancia y fue en ese momento cuando me di cuenta de la luz y la claridad que hay al final de ese pasillo gracias a la presencia de dichas puertas.
Era tal la tranquilidad que seguía sintiendo y el control tan intenso de la situación, que me sonreí al pensar que quizá fuese algo parecido a lo que algunas personas, que han tenido una ECM, cuentan cuando dicen haber visto una luz al final del túnel. Cientos de veces había pasado antes por ese pasillo y nunca había tenido esta percepción, pero ahora todo lo veía diferente porque lo estaba mirando desde otra perspectiva.

Cuando caminaba por él, todo mi empeño era controlar mi cuerpo para no desviarme de la línea central del pasillo, llegando a experimentar la extraña y nueva sensación de sentirme como muy pequeño y estar dentro de mi cerebro “en el puente de mando” para, desde ahí, manejar manualmente mi cuerpo y conseguir que no se desviara de la línea central del pasillo. Empresa esta imposible porque, muy a mi pesar, a cada paso que daba, mi cuerpo se iba desviando hacia la izquierda, hasta llegar a la pared. Estando en esa posición, apareció la única persona que, en ese momento, extrañamente en un pasillo de urgencias, pasó por ahí.
Era la señora de la limpieza quien, al verme, se limitó a saludarme, a lo que yo asentí con un movimiento de cabeza, evitando verbalizar el saludo para no evidenciar la disartria que sospechaba poder presentar.

Logré reponerme de esa posición y, un poco más adelante, al girar a la derecha, me encontré ante la puerta cerrada del primer reconocimiento y, al abrirla, con mi mano derecha, apareció ante mí la figura de un compañero de profesión, gran profesional de urgencias, con más de treinta años de experiencia quien, al verme, se sobresaltó, porque ya apreció la hemiparesia izquierda que yo presentaba.
Me invitó a entrar en el reconocimiento y me ayudó a sentarme en la camilla e inmediatamente me preguntó ¿qué te pasa Juanjo?, y yo le contesté…, me está dando una trombosis cerebral, siendo en ese momento cuando pude percibir que presentaba una disartria importante.
Acto seguido, agarrándome por el brazo izquierdo, me indicó que fuéramos hacia la zona de camas, distante unos veinte metros de su reconocimiento. En ese momento no había cama libre, por lo que mi compañero me sugirió y me ayudó a sentarme en un sillón para esperar cama.

Estando ahí sentado, lo primero que hice fue agarrar el móvil que llevaba en el bolsillo derecho de la bata y llamar a mi mujer a la que, con dificultad, logré decirle “trombosis cerebral, urgencias”, seguidamente aparecieron otros dos compañeros quienes, al vernos, se acercaron para interesarse por lo que estaba ocurriendo. Se colocaron los tres frente a mí, y el primero en verme, señalando con el dedo, les comentaba a los otros dos, toda la sintomatología que yo presentaba y eso, desde mi perspectiva en ese momento, me hizo sentirme observado como, imagino pueda sentirse, un pez en una pecera. Cierto es que esto te hace sentir incómodo, pero también, no es menos cierto que, eso mismo lo había hecho yo muchas veces, durante los años de mi ejercicio profesional.

Los tres evidenciaban preocupación por lo que me estaba pasando por lo que, en un momento dado, me dirigí a ellos diciéndoles “no preocuparos veréis como supero esto, al final no va a ser nada”, pero ellos seguían comentando la situación. Volví a hacerles el mismo comentario y fue ahí donde me di cuenta de que lo hacía sin disartria, yo me escuchaba perfectamente y había desaparecido la disartria…, hablaba perfectamente, pero en ese momento también pude comprobar que, aunque yo hablaba perfectamente…, ellos no me escuchaban. Ahí me di cuenta de que les estaba hablando desde mi conciencia, o lo que es lo mismo, desde el Alma.

Inmediatamente busqué mi cuerpo físico y lo encontré a mi izquierda, sentado junto a mí. En ese momento supe que para que ellos me pudieran escuchar, tenía que hablarles utilizando mi cuerpo físico, por lo que me incorporé a él, haciendo un pequeño movimiento hacia la izquierda, pero al intentar hablarles lo único que conseguí fue soplar por la comisura izquierda, al ver esto ellos me dijeron tranquilo…, no te esfuerces.
Esto de soplar por la comisura es lo que se conoce como el signo del fumador de pipa y, cuando aparece en la evolución de un ICTUS, suele ser indicativo de mal pronóstico. Ante el fallido intento de hablar utilizando el cuerpo físico, volví a la situación anterior y me coloqué junto a él.

Acababa de descubrir, desde mi consciencia, un signo indicativo de posible mal pronóstico.
Toda información procedente de la consciencia…, se procesa en la conciencia a una velocidad infinitamente superior. En estado de conciencia sabes, en primer lugar y de forma inmediata, cual es la decisión. En estado de consciencia, toda decisión va precedida de unas conclusiones las que, a su vez, son precedidas por un razonamiento de la situación ante la que estoy o en la que me encuentro.

De ahí que, al volver a mi estado de conciencia, junto a mi cuerpo físico…, me dije…, si es hemorrágico, me quedan cuatro o cinco minutos para marcharme…, bueno, pues si ha llegado el momento…, me marcho.
Llegado a este punto y, a la vez que estaba aceptando el momento de mi marcha, sentí como me invadía una Paz imposible de definir, como nunca había sentido en mi vida, acompañada de una aceptación plena de la situación que estaba viviendo.

De forma simultánea, también estaba percibiendo con meridiana claridad la presencia, a mi derecha, de un ser de un metro setenta y cinco y cabello de color castaño, que me mostraba escenas de mi vida, diciéndome que nada de lo sucedido hasta este momento de mi vida era importante…, que todo está bien…, que solo son experiencias de las que tenemos que aprender…, lo que pasa es que nosotros solos nos complicamos la vida.
En ese mismo instante me dije…, pero yo no puedo marcharme ahora…, tengo muchas cosas que hacer, dar conferencias, participar en congresos, escribir libros…, pero para ello, necesito que mi cuerpo esté sano…, necesito hablar bien y moverme con normalidad.

Al plantearme este deseo sentí, con total convencimiento, la presencia, detrás de mí, de algo que me transmitía seguridad. Lo sentí como la presencia de un ser que, además de seguridad, me transmitía mucha fuerza y claridad.
Procedente de él, me llegaron las palabras…, Tú Decides.
No puedo explicar cómo, al escuchar esas dos palabras, me sentí invadido por un sentimiento de seguridad plena, que me llevó a la certeza de que a partir de ese momento iba a suceder lo que yo deseara, afirmara o decretara.
Inmediatamente, dije…, decido quedarme para hacer todo lo que me queda por hacer…, pero…, mi cuerpo tiene que estar absolutamente sano…, ya.

En ese mismo momento, siento como mis compañeros me agarran de los brazos para ayudarme a levantar del sillón y llevarme a la cama, recorriendo una distancia de unos cinco metros, por lo que me incorporo al cuerpo físico.
Ya estamos junto al lado izquierdo de la cama cuando, al otro lado, aparecen las dos neurólogas que estaban de guardia y que habían sido avisadas por el médico de urgencias. Al llegar, una de ellas, dice…, vamos ya…, a Juanjo lo quiero en la cama ya, para explorarle…, pero ya.

Al escuchar esto, giré mi cabeza y dirigiéndome a ella pregunté…, ¿me acuesto vestido o me quito la ropa?, mi compañero, el primer médico que me atendió al llegar a urgencias, de forma sorpresiva, exclamó …, Juanjo, estás hablando claramente, ya no tienes disartria…, al escucharlo, tomé consciencia de ello, y dije…, es verdad, estoy hablando claramente, y seguí diciendo…, suéltame el brazo y, al comprobar que mi brazo izquierdo estaba bien y mi pierna izquierda también lo estaba…, me desnudé yo solo y me acosté en la cama.

La compañera neuróloga me exploró y, al terminar la exploración, se quedó mirando a los tres médicos de urgencias, que permanecían en pie al otro lado de la cama, y dirigiéndose a ellos dijo…, ósea, yo me tengo que creer que Juanjo, hace cinco minutos o diez minutos, presentaba un ICTUS y…, ¿qué le habéis visto?
Tomando la palabra el primer médico que me atendió, procedió a explicarle todos y cada uno de los síntomas que yo presentaba en aquel momento, apostillando que yo también expresaba el mismo diagnóstico y los otros dos médicos expresaron haber visto, igualmente, todos los síntomas descritos por el primero.

La neuróloga, al escuchar todo esto, se dirigió a mi diciéndome…, Juanjo, si yo no supiera lo que acabo de escuchar y después de la exploración que te acabo de realizar, te diría…, levántate y vístete, que a ti no te pasa nada, pero después de escuchar esto, te tengo que ingresar y hacerte un estudio más profundo.
Acababa de llegar mi mujer y, abriéndose paso entre ellos, se abalanzó sobre mí y me abrazó emocionada. En ese momento empecé a llorar, al tomar consciencia de que, al decidir quedarme aquí, lo hice porque tengo muchas cosas que hacer, pero en ningún momento tuve presente de que sí, me hubiese marchado, tanto ella como mis hijas y mis nietos habrían sentido mi pérdida y eso era lo que ella, en ese instante, estaba sintiendo y así me lo estaba transmitiendo.
Ahí pude darme cuenta de que, cuando nos marchamos, el sentimiento de pérdida que experimenta el que se queda, se lo transmite al que se marcha y entre ambos, este sentimiento se potencia de forma bidireccional, haciendo que la pena y el dolor aniden en los que se quedan y dificultando la partida hacia la luz del que se ha marchado ya que, ante esta situación, decide no marchar a la luz y quedarse junto a sus seres queridos para consolarlos en su dolor.
Gracias a esto, he podido entender cómo, padres que han perdido hijos, y que en estado regresivo son capaces de contactar con ellos comprobando que están en la luz o ayudándoles a ir a la luz, expresan su alegría por el bienestar de sus hijos pero, también expresan…, “aún a pesar de saber de qué mi hijo está bien…, la pérdida es la pérdida”, convirtiéndose esto en el caballo de batalla que les acompaña constantemente en el largo y duro camino, que han de recorrer, para poder intentar superar el vacío  que sienten con la ausencia por la pérdida física de sus hijos.
Permanecí cinco días ingresado en el hospital, durante los que me hicieron todas las pruebas habidas y por haber, no encontrándose causa que justificara el cuadro que había presentado así, como tampoco, secuela alguna de lo que había sucedido.
Doy gracias a Dios por haberme permitido vivir una experiencia tan maravillosa, a través de la cual he podido aclarar dudas que tenía, entender cosas que no entendía y descubrir otras que desconocía.
Es por esto y como una de las conclusiones a las que llego, después de vivir esta experiencia…, me atrevo a afirmar de que estamos hablando de lo mismo cuando decimos Alma, Mente, Conciencia.

Dr. Juan José López Martínez

DESDE LA LUZ...A LA LUZ

Sin necesidad de hacer relajación, sin precisar hacer ejercicio de hiperventilación y sin aplicación de hipnosis, los seres humanos somos capaces de entrar en regresión, de forma espontánea, al utilizar la capacidad natural que tenemos de estar en estado expandido de conciencia, esto se logra a través de nuestras propias emociones, síntomas y sensaciones.

 

La terapia regresiva es tan antigua como la humanidad y con ella podemos encontrar respuestas a las preguntas que, desde nuestros orígenes, los seres humanos siempre venimos haciéndonos: ¿de dónde venimos? ¿qué hacemos aquí y para qué estamos aquí? y ¿vamos a alguna parte cuando nos morimos?
A lo largo de los últimos veintidós años, como terapeuta regresivo, he podido observar, experimentar y, a veces comprobar, que las respuestas a estas preguntas están en el alma de todos y cada uno de nosotros.
Lo poco que aún sé, sobre el proceso y “aventuras” del alma, se lo debo a mis pacientes que, a través de sus experiencias en regresión, me han ido transmitiendo el conocimiento, y gracias a ello voy a intentar resumir en este artículo lo que seria la experiencia del alma desde que sale de su mundo de luz hasta que vuelve a él y además, voy a escribirlo como si de un cuento se tratara, así que…

El recorrido del Alma de la luz.. a la luz

Había una vez un alma que se encontraba en un lugar para cuya descripción la mente humana se siente imposibilitada ya que no contempla, en su interior, las palabras adecuadas que puedan describir, con exactitud, este lugar en donde está el alma; no obstante, se sabe que en ese lugar predomina la luz y el alma lo identifica como su casa y, además, allí siente una paz y un amor tan intensos que el ser humano jamás ha llegado a sentir ni experimentar.
Pero lo menos entendible por nuestra consciencia es que, en ese lugar donde está el alma, no existe el tiempo, es decir, no hay tiempo, no hay espacio y no hay límites ya que allí, todo es ahora.
Durante su estancia en este lugar, en el que hay muchísimas almas, el alma de nuestra historia suele permanecer en contacto con otras almas a las que reconoce como componentes de un grupo al que identifica como propio, debido a que están en el mismo nivel evolutivo, lo que se caracteriza por estar en una frecuencia vibratoria similar y tener la luz de igual color ya que, dependiendo del nivel de evolución, cada alma se distingue por un color y una vibración; la mayoría tienen su luz de color blanco, pero las hay también de color azul, amarillo, verde, violeta, dorado etc.

Antes de partir de la luz

La de nuestra historia, todavía es de color blanco y en compañía de las que forman su grupo, recibe consejos e indicaciones de almas de mayor nivel evolutivo, a las que identifica como guías o maestros y no echa en saco roto lo que le enseñan, porque sabe que le sirve de ayuda para su evolución como ser espiritual.
Por lo que, a pesar de lo bien que se encuentra en donde ahora está, lo que más desea es seguir creciendo en su evolución y ella sabe, porque ya lo ha hecho otras veces, que para eso necesita encarnar y, como es decisión suya, haciendo uso de su libre albedrío lo hace saber a sus guías y maestros y estos le animan a que lo haga.
Son numerosas las opciones de que dispone para volver a encarnar ya que son muchos los planetas y galaxias en los que podría hacerlo, unos más evolucionados y otros menos, pero decide hacerlo en la tierra ya que últimamente lo ha venido haciendo aquí y prefiere seguir completando su aprendizaje en este planeta.
Siguiendo en el uso de su libre albedrío, determina cual es la misión que viene a realizar en esta encarnación, qué es lo que tiene que aprender y qué es lo que viene a dar o enseñar en esta nueva experiencia en la tierra y además tiene también en cuenta todas las cargas emocionales pertenecientes a sus encarnaciones en cuerpos anteriores que aún tiene sin resolver, para intentar resolverlas en esta ocasión.

La llegada al vientre materno

Pues bien, con todo esto a cuestas, el alma de nuestra historia elige a la mujer que quiere que sea su mama y en cuyo vientre se va a desarrollar el cuerpo físico que ella necesita para vivir su experiencia en la tierra; una vez hecha la elección se mete en el vientre materno de esa mujer y, nada más llegar, se conecta con las células a partir de las cuales se va a formar su cuerpo físico, transmitiéndoles la energía que necesitan para hacer su cometido.
Aunque es un ser diferente a su mamá lo cierto es que, durante su estancia en el vientre materno, identifica como propias todas las sensaciones y emociones que siente mamá, lo que le hace aumentar su carga emocional de forma errónea, aunque también vive momentos muy bonitos, como la sensación de bienestar que le transmite el poder estar flotando dentro de mamá, la sensación de felicidad que le transmite mamá cuando está feliz y contenta, la sensación de seguridad que siente cuando mamá se acaricia el abdomen y la sensación de amor que siente cuando mamá le dice te queremos, estamos muy felices esperando tu llegada.

El nacimiento

Al nacer ya está en el cuerpo físico, que es el vehículo que va a utilizar para llevar a cabo el propósito que ha venido a realizar en esta encarnación pero, como todo conductor nuevo, va a necesitar un tiempo para, progresivamente, aprender a utilizar y llegar a controlar su cuerpo, y así poder obtener su máximo rendimiento.
De entrada, el consciente de su cuerpo no le funciona en los primeros años, motivo por el cual, cuando es adulto, no es capaz de recordar como fue su nacimiento y mucho menos como lo pasó durante su estancia en el vientre de mamá.
Durante las primeras etapas en su nuevo cuerpo, el alma sigue en contacto con los seres que están en la luz y no se han encarnado, con los que se entretiene y habla, ya que como aún no maneja el cuerpo físico, no le es posible comunicar con los seres encarnados que le rodean; en esta etapa, en la que está durante los seis primeros años de vida, recuerda y tiene presente tanto el lugar de donde viene como la misión que viene a realizar.
En esta situación comienza a pronunciar sus primeras palabras a través de su cuerpo físico y, a veces comenta con toda naturalidad, sus conversaciones con sus amigos de la luz, otras veces describe el mundo de luz de donde viene y descubre como, ante estos comentarios, los seres encarnados que le rodean, sobretodo sus papás, reaccionan de forma extraña demostrando no recordar nada por lo que, en numerosas ocasiones, decide no volver a decir nada de lo que está viendo y experimentando.
Aproximadamente sobre los seis años el consciente del cuerpo empieza a activarse comenzando por una intensa labor de aprendizaje a través de las enseñanzas que le van llegando procedentes de los seres que encarnaron antes y ahora le cuidan, le protegen y guían en su recién iniciado caminar en esta encarnación.
El alma de nuestra historia pronto se da cuenta de su imposibilidad para comunicar con una parte del cerebro de su cuerpo físico, concretamente con la parte izquierda que solo presta atención a las enseñanzas que le vienen de fuera, que se desarrolla con mucha intensidad y que solo está aprendiendo a medir, pesar, analizar y, encima, desconoce la misión que el alma ha venido a realizar en este planeta.
Pero la parte derecha del cerebro es diferente, es intuitiva, es creativa y, aunque está menos desarrollada que la izquierda, al alma de nuestra historia, le es suficiente para depositar en ella la conciencia de la misión que ha venido a llevar en esta encarnación en la tierra así como los objetivos que necesita cumplir para, cuando llegue el momento de dejar el cuerpo, haber logrado crecer un poco más en su evolución como ser espiritual.
Y así, atrapada en un cuerpo físico, que está regido por la parte izquierda o hemisferio izquierdo del cerebro, inmerso en una constante actividad analítica y razonamiento lógico hacia toda información que le llega a través de sus sentidos físicos y con el que no le es posible comunicar, el alma de nuestra historia, desde su realidad ahora como ser humano, empieza a vivir su experiencia en la tierra, comenzando a descubrir las emociones.

El contacto con el mundo de las emociones

En el mundo de luz, donde ella estaba, predominaba la paz y el amor pero aquí también hay otras emociones como el miedo, la tristeza, la angustia, la impotencia y casi un sinfín de sensaciones que, seguramente formen parte de la experiencia que ha venido a vivir en este cuerpo, o bien sean pertenecientes a disturbios emocionales no resueltos sucedidos en experiencias anteriores al momento actual e incluso, anteriores a esta encarnación, pero que, para el alma, aún están pasando y, en el momento actual, ante situaciones análogas a las acontecidas en dichas experiencias anteriores, se vuelven a reactivar las sensaciones y emociones, latentes en el alma, somatizándolas a nivel del cuerpo físico.
Durante su estancia en el cuerpo, el alma va evolucionando poniendo todo su afán en poder realizar la misión que se propuso hacer cuando tomó la decisión de volver a encarnar, sigue en contacto directo con el hemisferio cerebral derecho, haciéndole llegar la conciencia de su propósito para esta encarnación a la vez que, de forma constante y a través de este hemisferio, sigue intentando llegar al hemisferio izquierdo.
Hay almas encarnadas que logran, en un momento dado, llegar a ese hemisferio izquierdo, lo que hace cambiar a ese ser humano ya que, a partir de este momento, ve la realidad de otra manera y se da cuenta que muchas cosas no son como se las habían contado, replanteándose todas las conclusiones que ha venido acumulando con el paso de los años que son el producto y resultado de todas las enseñanzas recibidas, para mirar a su alrededor, sin limitaciones en su mente y en el convencimiento de que todo es posible.
El alma de nuestra historia lo ha conseguido y ya no se siente atrapada en el cuerpo, gracias a la comprensión existente, encuentra gran facilidad para llevar a cabo todo lo que ha venido a realizar en esta experiencia como ser humano, y así lo hace hasta que le llega el momento de pasar por la experiencia de la muerte o lo que seria lo mismo, vivir el último acto de vida en ese cuerpo físico, para poderse desprender y volver a la luz.

La muerte

Al llegar ante la experiencia de la muerte, el ser humano empieza a darse cuenta de su dualidad, comprobando que está compuesto por alma y cuerpo y tomando conciencia de que en realidad, el cuerpo que ha sido su vehículo para desenvolverse por la tierra, es lo único que se muere siendo a partir de este momento, cuando comprende que es un ser inmortal.
En este estadío, empieza a entrar en contacto con seres, habitualmente de su familia, que fallecieron antes que él e incluso, algunas veces, vuelve a ver, y los reconoce con sorpresa y alegría, a los que eran sus amigos invisibles cuando era un niño y por lo que sus padres le reprendían cuando intentaba comunicarles sus conversaciones con sus amigos, pero todo esto ha cambiado hasta tal punto que son ahora sus padres, fallecidos hace años, quienes están esperándole para ayudarlo en la transición y acompañarlo de vuelta a la luz.
Pero al ser humano, en estos días que dura el proceso de su muerte, le gustaría transmitir a alguien la realidad que está viviendo para que de este modo los que aún permanecemos encarnados nos demos cuenta de que la muerte no existe como nos la han contado, que es simplemente una transición a otro estado en el que al habernos liberado del cuerpo físico podemos volver a la luz, donde nos están esperando.
Pero, al igual que cuando era niño, se da cuenta que tampoco puede contarlo porque siente que le pueden tomar por loco o pueden pensar de él que tiene alucinaciones además, hace unos días escuchó como los médicos que le atienden le decían a sus familiares, pensando que el dormía, “a partir de ahora es posible que diga que ve familiares fallecidos, no se preocupen, esto pasa con frecuencia, pero son alucinaciones premonitorias de la muerte”.
El alma ve como muere el cuerpo que ha estado utilizando, y aunque lo está viendo desde fuera, no se desconecta de él hasta que no cesan totalmente sus funciones vitales y llegado este momento es, cuando el alma de nuestra historia, guiada por sus padres, está en el camino de vuelta a la luz donde al llegar se encuentra con los miembros del grupo al que ahora va a pertenecer a tenor de la evolución que, como ser espiritual ha experimentado, tras su reciente experiencia como ser humano.

¿Cómo podemos experimentar esto?

En estos tiempos que ahora vivimos, por suerte, son cada vez más las almas encarnadas que vamos logrando contactar con el hemisferio izquierdo de nuestro cuerpo, consiguiendo que nuestro consciente sin dejar de mirar a la ciencia empiece a observar la evidencia de experiencias que, como en terapia regresiva, es capaz de hacer el ser humano, de forma espontánea, agarrándose a esa emoción o sensación que está somatizando en su cuerpo físico y que ha sido diagnosticada de origen psicosomático.
Una vez agarrados a la emoción, los seres humanos utilizando la capacidad natural que tenemos de entrar en estado expandido de conciencia, somos capaces de seguir el hilo conductor de dicha emoción, hasta llegar a su origen, el cual podemos encontrarlo en el período en el que nuestro consciente también estuvo presente, que sería desde los siete años al momento actual, o en los períodos en los que el consciente no estuvo presente, como son el período perinatal o nacimiento, el prenatal o vientre materno, el periodo transpersonal o vida pasada y el periodo de estancia en la luz también llamado espacio entre vidas.
Con la terapia regresiva, durante los últimos veintidós años, he podido observar que somos seres espirituales con libre albedrío, y decidimos encarnar eligiendo la misión que queremos realizar y la familia con la que queremos estar.
También me he dado cuenta que la concepción no es cosa de dos, si no de tres, ya que es necesario un hombre pero son imprescindibles la mujer y el ser que viene a encarnar; una mujer embarazada es el conjunto de dos seres independientes bajo la influencia de un solo ambiente emocional, regido por las emociones de mamá, lo que erróneamente nos hace asumir como nuestras, cuando estamos en el vientre materno, perdurando en nosotros durante el resto de nuestra vida en este cuerpo físico que ahora tenemos.
He podido observar, en la evidencia de esta terapia, que estamos vivos antes de entrar en el vientre materno aunque no es lo mismo un feto que un bebé, como tampoco es lo mismo un bebé que un niño, o un niño que un adulto, o un adulto que un anciano, pero tienen algo imprescindiblemente en común y es que todos son el mismo ser vivo, en las distintas etapas de su encarnación.

Beneficios de la terapia regresiva

El primer beneficio que podemos obtener con esta terapia es perder el miedo a la muerte, observando que no es como nos la han contado y esto lo descubrimos cuando, en regresión, revivimos experiencias en vidas pasadas, aunque sería mejor llamarlas experiencias en cuerpos pasados porque, como supongo ya se han dado cuenta a estas alturas, somos seres inmortales y solamente tenemos una vida, lo que pasa es que, de vez en cuando, cambiamos de cuerpo físico para seguir aprendiendo y evolucionando.
Cuando revivimos experiencias de vidas pasadas, es muy importante que no acabemos la sesión sin haber revivido la experiencia de la muerte en esa vida ya que, además de darnos cuenta que solo consiste en la pérdida del cuerpo físico, podemos descubrir los pensamientos, emociones y sensaciones que hemos tenido en esos momentos finales antes de abandonar el cuerpo físico y que como disturbios emocionales, no resueltos, nos llevamos en el alma siendo los que, ante situaciones análogas y en las siguientes encarnaciones, somatizamos en los nuevos cuerpos.
Por eso es muy importante que en regresión permanezcamos siempre en estado consciente, para que así todas las sensaciones y emociones sin resolver contenidas en el alma podamos traerlas a nuestro consciente, a nivel físico, emocional y mental, pudiendo lograr sanar todas aquellas sensaciones y emociones somatizadas en el cuerpo, diagnosticadas como de origen psicosomático.
Soy consciente que en este artículo sobre terapia regresiva, por falta de espacio, no está todo lo que se puede decir sobre ella, por eso he intentado resumir lo que es un recorrido de un alma desde la luz a la luz pero, como es fácil de deducir, en cada paso y en cada milímetro de ese recorrido hay connotaciones y circunstancias concurrentes que hacen diferente cada experiencia, como sería la experiencia del alma en el suicidio, la experiencia del alma en el aborto o la experiencia del alma en el contacto con otras almas, como ha quedado reflejado en las diferentes experiencias de mis pacientes expuestas en el contenido de mi libro “la respuesta está en el alma”.
Doy gracias a Dios, al universo o a la energía suprema, que cada uno lo llame como quiera, por haber puesto en mi vida esta terapia ya que con su práctica estoy observando, a través del ser humano, que la vida empieza antes de nacer y no termina en la muerte y esto es porque, en realidad, somos seres espirituales viviendo experiencias en cuerpos físicos, por ejemplo, humanos.

Articulo de Juan José López Martínez.

se ha mantenido plano durante varios días, como el conocido caso del doctor Eben Alexander que, durante siete días presentó esta característica, en la evolución de una meningitis bacteriana por escherichia coli.
Para la ciencia, hoy, si un EEG es plano nos está diciendo que no hay actividad eléctrica y, por otra parte, en el caso anterior, la escherichia destruye la corteza cerebral o neocórtex.

No hay respuesta científica a que un adulto con esta afectación salga de ella indemne y sin secuelas y mucho menos que venga contando donde estuvo y con quien estuvo, durante esos siete días.
Son millones de casos, ya registrados, en los que personas que han estado en muerte clínica, al salir de esta situación, vienen contando este tipo de vivencias que, aunque diferentes, mantienen un denominador común, en distintos momentos, en las que son totalmente coincidentes.
La pregunta es, si durante la situación de muerte clínica no tienen consciencia de lo que está sucediendo, ¿cómo es posible que, una vez superada dicha situación, sean capaces de relatar experiencias que, como todos ellos afirman, son totalmente reales?, ¿de dónde se nutre su consciencia, antes ausente y ahora presente, para afirmar haber tenido ese tipo de experiencias, asegurando que no son alucinaciones, si no vivencias absolutamente reales?

Han sido dos los congresos en los que, hasta ahora, he compartido con mi admirado y reconocido amigo el doctor Pim Van Lommel, cardiólogo que, durante muchos años, viene investigando el fenómeno de las ECM. Durante el último congreso, que se celebró en el Hospital General de Elche, hablando sobre este tema, me decía que es posible que existiera lo que podríamos denominar “la Consciencia Excluida”, no contemplada por la ciencia, responsable de la captación de estas vivencias.
En el presente momento creo estar seguro de que, por encima de todo y de todos hay algo que nos contempla, unos le llaman Universo, otros Dios…, lo de menos es el nombre, lo importante es que está.

Yo le llamo Dios, y le doy las gracias por haberme permitido vivir una experiencia, que relato a continuación, en la que pude darme perfecta cuenta de que “la Conciencia nutre a la Consciencia”.
Era el lunes, diecisiete de julio del año dos mil diecisiete, como todos los días llegué al hospital y me instalé en mi puesto de trabajo, en el servicio de codificación, ubicado en el sótano.
Estaba sentado frente a mi mesa y todo transcurría de manera habitual cuando, de forma súbita e inesperada, sentí y experimenté como mi miembro superior izquierdo cayó de la mesa y quedó colgando, seguidamente noté una pérdida de fuerza en el miembro inferior izquierdo y, a continuación, noté como, por mi comisura labial izquierda, empezaba a caer saliva.
Pasé los dedos de mi mano derecha por dicha comisura comprobando que, efectivamente, estaba saliendo saliva y, en ese momento, experimenté una extraña sensación que me aportaba una gran tranquilidad y una percepción aumentada de control sobre lo que estaba sucediendo, llevándome, de forma rapidísima, a la aceptación de que me estaba dando una trombosis cerebral.

Estaba en un habitáculo, con siete personas más, las cuales estaban atentos a sus diferentes ordenadores con los que se lleva a cabo el trabajo de codificación y, ahí, yo era el único médico.
El control de la situación era tan intenso que, rápidamente, empecé a planificar mi salida de ese habitáculo para dirigirme a urgencia de forma que, ninguno de los presentes, se percatara de lo que me estaba pasando.
Lo primero que hice fue agarrar mi muñeca izquierda con mi mano derecha, colocando la mano izquierda, dentro del bolsillo de mi bata, para disimular la paresia del miembro superior izquierdo, seguidamente me dispuse a levantarme de mi asiento y al hacerlo sentí la enorme falta de fuerza que presentaba en mi miembro inferior izquierdo.

Una vez en pie, decidí guardar silencio, por temor a que se me notara la disartria que, daba por hecho, podría presentar en ese momento y, dando pasitos cortos, salí caminando junto a las cristaleras que había a mi derecha, dirigiendo mi mirada hacia el exterior para evitar así que, si alguien me miraba, pudiera ver la paresia facial izquierda que yo ya sentía que presentaba.
Una vez fuera del habitáculo del servicio, accedí al pasillo por el que tenía que dirigirme y, en llegando a su final, poder acceder a la planta baja donde está ubicado el servicio de urgencias, aquí pude comprobar como al alargar el paso mi pierna izquierda arrastraba, así que lo alargué hasta donde pude. No me crucé con nadie porque por el pasillo del sótano la circulación de personas es, prácticamente nula.

Llegado a la planta baja, encaré el pasillo central de urgencias que desemboca en unas anchas puertas de cristal por las que acceden todos aquellos enfermos que llegan en ambulancia y fue en ese momento cuando me di cuenta de la luz y la claridad que hay al final de ese pasillo gracias a la presencia de dichas puertas.
Era tal la tranquilidad que seguía sintiendo y el control tan intenso de la situación, que me sonreí al pensar que quizá fuese algo parecido a lo que algunas personas, que han tenido una ECM, cuentan cuando dicen haber visto una luz al final del túnel. Cientos de veces había pasado antes por ese pasillo y nunca había tenido esta percepción, pero ahora todo lo veía diferente porque lo estaba mirando desde otra perspectiva.

Cuando caminaba por él, todo mi empeño era controlar mi cuerpo para no desviarme de la línea central del pasillo, llegando a experimentar la extraña y nueva sensación de sentirme como muy pequeño y estar dentro de mi cerebro “en el puente de mando” para, desde ahí, manejar manualmente mi cuerpo y conseguir que no se desviara de la línea central del pasillo. Empresa esta imposible porque, muy a mi pesar, a cada paso que daba, mi cuerpo se iba desviando hacia la izquierda, hasta llegar a la pared. Estando en esa posición, apareció la única persona que, en ese momento, extrañamente en un pasillo de urgencias, pasó por ahí.
Era la señora de la limpieza quien, al verme, se limitó a saludarme, a lo que yo asentí con un movimiento de cabeza, evitando verbalizar el saludo para no evidenciar la disartria que sospechaba poder presentar.

Logré reponerme de esa posición y, un poco más adelante, al girar a la derecha, me encontré ante la puerta cerrada del primer reconocimiento y, al abrirla, con mi mano derecha, apareció ante mí la figura de un compañero de profesión, gran profesional de urgencias, con más de treinta años de experiencia quien, al verme, se sobresaltó, porque ya apreció la hemiparesia izquierda que yo presentaba.
Me invitó a entrar en el reconocimiento y me ayudó a sentarme en la camilla e inmediatamente me preguntó ¿qué te pasa Juanjo?, y yo le contesté…, me está dando una trombosis cerebral, siendo en ese momento cuando pude percibir que presentaba una disartria importante.
Acto seguido, agarrándome por el brazo izquierdo, me indicó que fuéramos hacia la zona de camas, distante unos veinte metros de su reconocimiento. En ese momento no había cama libre, por lo que mi compañero me sugirió y me ayudó a sentarme en un sillón para esperar cama.

Estando ahí sentado, lo primero que hice fue agarrar el móvil que llevaba en el bolsillo derecho de la bata y llamar a mi mujer a la que, con dificultad, logré decirle “trombosis cerebral, urgencias”, seguidamente aparecieron otros dos compañeros quienes, al vernos, se acercaron para interesarse por lo que estaba ocurriendo. Se colocaron los tres frente a mí, y el primero en verme, señalando con el dedo, les comentaba a los otros dos, toda la sintomatología que yo presentaba y eso, desde mi perspectiva en ese momento, me hizo sentirme observado como, imagino pueda sentirse, un pez en una pecera. Cierto es que esto te hace sentir incómodo, pero también, no es menos cierto que, eso mismo lo había hecho yo muchas veces, durante los años de mi ejercicio profesional.

Los tres evidenciaban preocupación por lo que me estaba pasando por lo que, en un momento dado, me dirigí a ellos diciéndoles “no preocuparos veréis como supero esto, al final no va a ser nada”, pero ellos seguían comentando la situación. Volví a hacerles el mismo comentario y fue ahí donde me di cuenta de que lo hacía sin disartria, yo me escuchaba perfectamente y había desaparecido la disartria…, hablaba perfectamente, pero en ese momento también pude comprobar que, aunque yo hablaba perfectamente…, ellos no me escuchaban. Ahí me di cuenta de que les estaba hablando desde mi conciencia, o lo que es lo mismo, desde el Alma.

Inmediatamente busqué mi cuerpo físico y lo encontré a mi izquierda, sentado junto a mí. En ese momento supe que para que ellos me pudieran escuchar, tenía que hablarles utilizando mi cuerpo físico, por lo que me incorporé a él, haciendo un pequeño movimiento hacia la izquierda, pero al intentar hablarles lo único que conseguí fue soplar por la comisura izquierda, al ver esto ellos me dijeron tranquilo…, no te esfuerces.
Esto de soplar por la comisura es lo que se conoce como el signo del fumador de pipa y, cuando aparece en la evolución de un ICTUS, suele ser indicativo de mal pronóstico. Ante el fallido intento de hablar utilizando el cuerpo físico, volví a la situación anterior y me coloqué junto a él.

Acababa de descubrir, desde mi consciencia, un signo indicativo de posible mal pronóstico.
Toda información procedente de la consciencia…, se procesa en la conciencia a una velocidad infinitamente superior. En estado de conciencia sabes, en primer lugar y de forma inmediata, cual es la decisión. En estado de consciencia, toda decisión va precedida de unas conclusiones las que, a su vez, son precedidas por un razonamiento de la situación ante la que estoy o en la que me encuentro.

De ahí que, al volver a mi estado de conciencia, junto a mi cuerpo físico…, me dije…, si es hemorrágico, me quedan cuatro o cinco minutos para marcharme…, bueno, pues si ha llegado el momento…, me marcho.
Llegado a este punto y, a la vez que estaba aceptando el momento de mi marcha, sentí como me invadía una Paz imposible de definir, como nunca había sentido en mi vida, acompañada de una aceptación plena de la situación que estaba viviendo.

De forma simultánea, también estaba percibiendo con meridiana claridad la presencia, a mi derecha, de un ser de un metro setenta y cinco y cabello de color castaño, que me mostraba escenas de mi vida, diciéndome que nada de lo sucedido hasta este momento de mi vida era importante…, que todo está bien…, que solo son experiencias de las que tenemos que aprender…, lo que pasa es que nosotros solos nos complicamos la vida.
En ese mismo instante me dije…, pero yo no puedo marcharme ahora…, tengo muchas cosas que hacer, dar conferencias, participar en congresos, escribir libros…, pero para ello, necesito que mi cuerpo esté sano…, necesito hablar bien y moverme con normalidad.

Al plantearme este deseo sentí, con total convencimiento, la presencia, detrás de mí, de algo que me transmitía seguridad. Lo sentí como la presencia de un ser que, además de seguridad, me transmitía mucha fuerza y claridad.
Procedente de él, me llegaron las palabras…, Tú Decides.
No puedo explicar cómo, al escuchar esas dos palabras, me sentí invadido por un sentimiento de seguridad plena, que me llevó a la certeza de que a partir de ese momento iba a suceder lo que yo deseara, afirmara o decretara.
Inmediatamente, dije…, decido quedarme para hacer todo lo que me queda por hacer…, pero…, mi cuerpo tiene que estar absolutamente sano…, ya.

En ese mismo momento, siento como mis compañeros me agarran de los brazos para ayudarme a levantar del sillón y llevarme a la cama, recorriendo una distancia de unos cinco metros, por lo que me incorporo al cuerpo físico.
Ya estamos junto al lado izquierdo de la cama cuando, al otro lado, aparecen las dos neurólogas que estaban de guardia y que habían sido avisadas por el médico de urgencias. Al llegar, una de ellas, dice…, vamos ya…, a Juanjo lo quiero en la cama ya, para explorarle…, pero ya.

Al escuchar esto, giré mi cabeza y dirigiéndome a ella pregunté…, ¿me acuesto vestido o me quito la ropa?, mi compañero, el primer médico que me atendió al llegar a urgencias, de forma sorpresiva, exclamó …, Juanjo, estás hablando claramente, ya no tienes disartria…, al escucharlo, tomé consciencia de ello, y dije…, es verdad, estoy hablando claramente, y seguí diciendo…, suéltame el brazo y, al comprobar que mi brazo izquierdo estaba bien y mi pierna izquierda también lo estaba…, me desnudé yo solo y me acosté en la cama.

La compañera neuróloga me exploró y, al terminar la exploración, se quedó mirando a los tres médicos de urgencias, que permanecían en pie al otro lado de la cama, y dirigiéndose a ellos dijo…, ósea, yo me tengo que creer que Juanjo, hace cinco minutos o diez minutos, presentaba un ICTUS y…, ¿qué le habéis visto?
Tomando la palabra el primer médico que me atendió, procedió a explicarle todos y cada uno de los síntomas que yo presentaba en aquel momento, apostillando que yo también expresaba el mismo diagnóstico y los otros dos médicos expresaron haber visto, igualmente, todos los síntomas descritos por el primero.

La neuróloga, al escuchar todo esto, se dirigió a mi diciéndome…, Juanjo, si yo no supiera lo que acabo de escuchar y después de la exploración que te acabo de realizar, te diría…, levántate y vístete, que a ti no te pasa nada, pero después de escuchar esto, te tengo que ingresar y hacerte un estudio más profundo.
Acababa de llegar mi mujer y, abriéndose paso entre ellos, se abalanzó sobre mí y me abrazó emocionada. En ese momento empecé a llorar, al tomar consciencia de que, al decidir quedarme aquí, lo hice porque tengo muchas cosas que hacer, pero en ningún momento tuve presente de que sí, me hubiese marchado, tanto ella como mis hijas y mis nietos habrían sentido mi pérdida y eso era lo que ella, en ese instante, estaba sintiendo y así me lo estaba transmitiendo.
Ahí pude darme cuenta de que, cuando nos marchamos, el sentimiento de pérdida que experimenta el que se queda, se lo transmite al que se marcha y entre ambos, este sentimiento se potencia de forma bidireccional, haciendo que la pena y el dolor aniden en los que se quedan y dificultando la partida hacia la luz del que se ha marchado ya que, ante esta situación, decide no marchar a la luz y quedarse junto a sus seres queridos para consolarlos en su dolor.
Gracias a esto, he podido entender cómo, padres que han perdido hijos, y que en estado regresivo son capaces de contactar con ellos comprobando que están en la luz o ayudándoles a ir a la luz, expresan su alegría por el bienestar de sus hijos pero, también expresan…, “aún a pesar de saber de qué mi hijo está bien…, la pérdida es la pérdida”, convirtiéndose esto en el caballo de batalla que les acompaña constantemente en el largo y duro camino, que han de recorrer, para poder intentar superar el vacío  que sienten con la ausencia por la pérdida física de sus hijos.
Permanecí cinco días ingresado en el hospital, durante los que me hicieron todas las pruebas habidas y por haber, no encontrándose causa que justificara el cuadro que había presentado así, como tampoco, secuela alguna de lo que había sucedido.
Doy gracias a Dios por haberme permitido vivir una experiencia tan maravillosa, a través de la cual he podido aclarar dudas que tenía, entender cosas que no entendía y descubrir otras que desconocía.
Es por esto y como una de las conclusiones a las que llego, después de vivir esta experiencia…, me atrevo a afirmar de que estamos hablando de lo mismo cuando decimos Alma, Mente, Conciencia.

Dr. Juan José López Martínez

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